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Un pueblo no se vende


Cascada del Iregua cerca de Puente Ra


Diciembre, 2022

Julio Arnáiz
Asociación para el Desarrollo de Serranía Celtibérica


Para vender un pueblo harían falta, al menos, dos cosas: ser el propietario o ser un desalmado.

Como quiera que los pueblos, todos sin excepción, tienen alma, vida propia y mundo en torno, cosa que nos pertenece, tenemos que sentar las bases para que ello no ocurra y que no tengamos que lamentarnos por no haberlo siquiera intentado. Y se conseguirá, pues ignorábamos que era imposible. Que las cosas del alma están tan por encima de los asuntos corrientes, que está entre nuestras obligaciones que ello alcance el éxito que es esperable entre las personas dotadas de ética y moral.

Y, como el alma es patrimonio personal e indisoluble de cada uno, no hay quien resista esa mirada y esa impronta de que gozan esa maravilla natural donde toda verdad haya sitio y lugar perfecto para esos fines que le son propios por derecho natural, por historia, tradición, costumbre, etc.

Viene esto a colación de que existe en el ambiente como una especie de murmullo que titubea al afirmar que los pueblos, sobre todo los pequeños, están condenados al olvido, al abandono, cuando no los dejamos con nuestra pasividad y desinterés a que se mueran poco a poco, pues, ¿a quién le importa, cuando no son cantidad y sus números no inquietan ni preocupan a casi nadie? No me atrevo a afirmar que a nuestras autoridades de aquí y de allá les ocupan poco tiempo los asuntos menudos de esos lugares que dan nombre a esta tierra. Tampoco puedo asegurar que se hace poco por su pervivencia, por su mantenimiento o por su prosperidad. Hablar a bulto, criticar a diestra y siniestra es muy fácil. Ya me gustaría tener una sola certeza en cuanto a esa solución a los males comunes que acechan a los lugares que no cuentan por su escasa estadística. También un niño, cuando es aún pequeño, no puede valerse por sí mismo y necesita el apoyo de sus padres hasta alcanzar esa mayoría de edad para llegar a ser autosuficiente. Lo mismo los pueblos pequeños, como si fueran menores de edad, necesitan del apoyo constante de sus parientes mayores para poderse valer hasta alcanzar su sitio e independencia. Y en ello debemos empeñarnos, aunque sólo sea por interés y por egoísmo.

A doña Ana María Matute, cuya infancia ahogaron bajo las aguas de Mansilla de la Sierra, sin más miramiento que el interés que alguien procuró aguas abajo para otros vecinos a los que nadie consultó cuáles eran sus preocupaciones. Así ahora, que gobiernan sin oír a los interesados. ¿Tanto vale la vida ajena cuando no se valora la propia? ¿Dónde queda ese principio y origen a que todos tenemos derecho a mantener y conservar? Entonces (año 65) fue la Guardia Civil a golpe de culatazo la que echó a los últimos, a aquellos que se resistían a abandonar sus correrías infantiles, su escuela, su frontón, su iglesia y esa plaza con su quiosco donde aquel atardecer de cuando las fiestas patronales acaecen, ¡de pronto!, el amor, con todas sus pretensiones y esperanzas. A toro pasado comprobamos atónitos que no puede ser, que no hay derecho a que las autoridades de aquí y de allá empujen al olvido a esos pueblos que nos trajeron hasta aquí. Ignoro cuánto de lo que se nos cuenta es tal como nos lo dicen. A veces cabe la posibilidad de que nos engañen, manipulen o que nos mientan directa y descaradamente, ya que cada día asistimos a justificar, cuando no a celebrar, que tal pueblo ha perdido no sé cuánta población, o que ha cerrado la escuela, o que el médico ya no vendrá más que dos veces a la semana, cuando nos tendremos que ir al de al lado.

Y es muy fácil justificarlo en aras de la rentabilidad, de los números, que no salen, o yo qué sé qué aritmética tan incontestable que se puede desmontar dándole la vuelta con razones de más enjundia humana. En fin, que todo nos vale y sirve cuando nuestros asertos nos llevan a tener razón, pero ¿a qué precio? Si tuviera voz, gritaría para que me oyeran, si tuviera poder, lo emplearía para ayudar a resistir hasta el final, así que…, a los que lo tienen para que cambien las cosas y revertir este fenómeno, adelante.


Julio Arnaiz




Julio Arnaiz, ADSC


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